El derecho a andar

Camino a casa, 2am, entre tormentas

El verano y la lluvia vienen de la mano. No hay verano sin lo voluble de las lluvias de veinte minutos y el sol sonriente después, como si no se hubiera caído el mundo minutos antes en forma de vehemente granizo.

Es muy humano desaprender. Nos llueve dos meses seguidos. Cada año olvidamos prepararnos y la ciudad sucumbe al caos. Es imposible moverse. Pero cada año espero las lluvias. La electricidad en su rugido nocturno. Desde que recuerdo, las tormentas, en toda su violencia, me calman.

Llueve a las 7pm, la maldición Godínez. Salgo del trabajo y me trepo a la bici, para ganarle a la lluvia. Hay algo en los minutos antes de la tormenta que te dan un rush. El aire fresco que se convierte en viento golpeador. El aroma. Supongo que es una cosa trilladisima, pero ese olor tapatío a tierra mojada. Petricor. En lo sinestésico de la palabra recae su poesía.
Apenas comienzo a gozar de libertades que nunca había experimentado. Libertades que no sabía que no poseía. La libertad de moverme.

Crecí hija única en un edificio de departamentos sobre una avenida. Jugar en la calle nunca fue opción, por los coches. Aprendí a andar en bicicleta hasta la prepa, por aquello de vivir en una avenida y porque mi madre nunca pudo salir a verme aprender.
No tuve auto hasta mi último año de universidad. Moverme siempre fue una cuestión de negociar permisos y aventones. Le debo todas mis idas a fiestas en la prepa a dos personas: la mamá buena onda de mi mejor amiga que nos llevaba a todos lados y a un chico de dieciséis años con un Honda Civic coupé negro.

Las niñas como yo no andan solas en la calle, nunca. Mucho menos en la noche. Y es que que te asalten es, de todos los males que le pueden pasar en la calle a una, el menor.

Recientemente descubrí que nunca había andado sola por la ciudad. Las mujeres siempre vamos en compañía. Nos acompañan a la parada del camión. Nos lleva el chofer de Uber. Nos movemos en grupo. Decir que una mujer va caminando sola es mucho más que solo describir número. Decir que una mujer va sola es abrirse a la amenaza. El miedo viene implícito. El miedo y la amenaza, la culpa de la víctima esperando a suceder porque, si ya sabemos cómo son, ¿para qué andamos solas?

Compré una bicicleta y me cambió la vida. Es más ligera y más grande que la que tenía. Los cambios fluyen. No me queman los muslos al andar. Me sirve para hacer todo lo que tengo que hacer en el día. Solo andaba durante el día. La luz de día es ilusión de protección que tenemos, como si de día no pasara nada. Llegada la noche sacaba el auto, porque ¿cómo me iba a regresar a la 1 de la mañana en bici? Qué miedo.

La cosa de la bici es que te da identidad. Empiezas a buscar gente que comparta ese amor al viento. Que entienda cuando hablas sobre vivir la ciudad a través de las fisuras del pavimento. Conocer profundamente la topografía de nuestras bacheadas calles.
Te das cuenta por qué les parece ridículo que les pidas a tus amigos hombres ciclistas que te mensajeén cuando llegan a casa. Que no tienen por qué. Que ellos sí llegan. Que andar a las 2am solo en bicicleta en Guadalajara no es razón de espantarse si eres hombre*.

Comienzas a ver que eso de avisar es cosa de mujeres. Que tú no gozas de la libertad de moverte como ellos. Moverte en la noche, sola en la bici, o en un uber o en lo que quieras, es motivo de preocupación.

Esta prisión que padecemos, la tenemos normalizada. Avisamos que ya llegamos. Hacemos nuestros propios contingentes para no andar solas. Mejor nos quedamos en casa. Porque que el “¿y si sí?” es mucho más pesado que el “no pasa nada”. Porque no solo nos asaltan, pero nos violan. Sí nos matan por decirle que no a un hombre. Y nos parece muy normal el miedo que viene atado a no movernos, a no vagar, a no disfrutar del sonido de nuestros propios pasos.

La mujer que anda sola en la calle no existe. O sí existe, pero solo es porque es prostituta. La flâneuse no existe más que en esas condiciones. Siempre por necesidad o por trabajo, nunca por placer. Así cuentan la historia los hombres que escriben libros.
Apenas a los 26 comencé a andar sola en la ciudad. En mi bicicleta. En la noche. No por retar al status quo, no por ser rebelde, pero porque tengo derecho a moverme libremente.

Que me disculpe Baudelaire en Benjamin pero las flâneuses existimos y tenemos derecho a la ciudad.
Me he hecho adicta a pedalear entre tormentas. Mi parte favorita de la noche es justo cuando ya llovió en la tarde y el pavimento sigue mojado. No hay tantos charcos como para que sea peligroso pero está fresco y el olor a tierra mojada apacigua. La tormenta de la madrugada apenas comienza a condensarse. Ya no hay autos y los árboles me regalan algunas gotitas cuando se mueven con el viento. Te vuelves parte del entorno. Aprecias las partes en las que no pedaleas y sientes cómo la gravedad hace su trabajo.

Llego a casa, agitada, un poco sudada. Me limpio el sudor, me echo a la cama y el cielo me regala una tormenta nocturna, con sus truenos violentos. De esas tormentas que me calman.


*No que a los hombres no los asalten y no estén expuestos al crimen, pero sí es una percepción general que es más peligroso andar si se es mujer.